Antes que nada y con el propósito de que los lectores, máximos representantes de una democracia, por su derecho de opinión y de elegir o no elegir leer una columna, no polemicen con las líneas que a continuación escribiré, debo declarar abiertamente mi completa vocación cristiana, de católico no plenamente comprometido y de amigo personal de quién aludo en esta crónica: me refiero a mi amigo el Reverendo Padre RAUL FERES SHALUP.
Digo lo anterior, pues solo quiero transmitir mi sentir sobre este cura, que por más de treinta años fue el pastor que guió los destinos del Santuario Nacional de Maipú y porque no decirlo, también de la comuna, que tras el alejamiento del padre Alfonso Alvarado, vio desfilar por la Parroquia de Nuestra Virgen del Carmen, a un sin número de sacerdotes, que salvo excepciones, brillaron sin pena ni gloria en la parroquia más importante de de comuna.
El día 17 de Julio, el Padre Raúl celebró sus 50 años de Sacerdocio, con una solemne Misa en el Santuario, en la cual estuvieron presentes miembros de su Comunidad pastoral de Schoenstatt , encabezada por el Cardenal y una cena de camaradería, ofrecida de por un grupo de amigos (más de trescientos), reunidos en el auditórium del colegio Alberto Widmer, que lleva el nombre del celebrado.
Conocí al padre Raúl prácticamente desde que llegó a la comuna, siendo quien escribe, un alumno de primaria todavía. Con lo años viviendo en Maipú, trabajando en la comuna como docente del Liceo Municipal y luego en el Instituto de Capacitación Inacap, mi cercanía con la Iglesia se fue dando a través de este puente, que era mi querido Cura Raúl. Lo digo sinceramente, durante mi adolescencia, por rebeldía (herejía decía mi abuela), me negué en forma reiterada a hacer mi primera comunión a pesar que mi madre era catequista y desfilaban por mi hogar numerosos muchachos, que en lateras tardes de verano, se sentaban alrededor de mi madre a escuchar el Evangelio, mientras yo sudaba la gota gorda, en la pichanga diaria ,que armábamos con mis vecinos en la calle Alberto Llona , frente a la Fensa, cuando aún era de tierra.
En mi época de Universidad, siendo ayudante de la cátedra de Historia de Chile, fui invitado a participar de la Sociedad de Historia de la Iglesia en Chile, que funcionaba y aún lo hace, al amparo del Seminario Pontificio Mayor de la Florida y que reunía a lo más selecto de los historiadores eclesiásticos chilenos: Monseñores Juan de Castro, Ahumada, Luis Eugenio Silva el Cardenal Oviedo, algunos jesuitas inolvidables como Walter Hanisch, Premio Nacional de Historia , el Obispo Castrense Juaco Matte, con quien me unió una cercanía por un par de años, durante los cuales elaboré mi memoria de título, donde él nos colaboró con importante material documental y tantos otros, que no creo poder recordar. A pesar de mi cercanía a la Iglesia, a pesar de conocer tanto de ella, de su historia, de sus sacerdotes, de haber escrito sobre su historia, mi riqueza intelectual sobre ella, era tremendamente superior a mi pobreza espiritual de mi fe.
Me he preguntado muchas veces como se construye la fe de las personas y siempre he llegado a la respuesta inequívoca para mi, aunque contradictoria para la mayoría, que la fe es un don; es decir un regalo de Dios diría un teólogo, no algo que se construya: puedo vivir todos los días en una iglesia, leyendo la Biblia, comulgando y mi fe no va a crece; lo digo con conocimiento de causa: no funciona de esa forma. Bueno, mi experiencia de fe viene a través de este curita de entonces (digo de entonces para referirme a aquellos curas santos de antaño), que es mi amigo el padre Raúl.
Mi conversión por decirlo de alguna manera, no es un acto de iluminación, que puede producirse al ver o conocer un santo, muy por el contrario, el padre Féres, no es que no reúna las condiciones de santidad propias de un hombre de iglesia, creo que las tiene, lo que quiero decir es que encontré en el padre Raúl, no las características de santidad que muchos sacerdotes que he conocido (y que no son pocos) tratan de proyectar a la comunidad o de revestirse de ella; encontré en el padre Féres, las características de humanidad, de valores fundamentales, de simpleza, a veces de debilidad, que son propias de un ser humano y que vistas representadas en un sacerdote, me mostraron la cara de Cristo hecho hombre, humano, terrenal, lleno de alegrías y también de tristezas. La figura sacerdotal revestida de auras de santidad auto impuestas, o asumidas como regla o por la vestimenta sacerdotal, que pretende mostrar la investidura como los militares, siempre me causo repudio. Ver sacerdotes manejando BMW rojos, con relojes de oro Longines y colleras en camisas de lino blanco de doble puño, siempre me molestó, no porque no me guste el estilo, sino por la carencia de austeridad. Bueno, de repente en mi vida se aparece este cura, grandote, con una manos gigantes, que te habla mirándote a los ojos, que siempre tiene tiempo para bendecir la medallita, a la guagua, al inválido, que se levantaba a cualquier hora a dar una extremaunción, que se subía feliz a un carruaje a correr la Virgen con los cuasimodistas y los huasos, que se conmovió como un feligrés más cuando el Papa Bueno, Juan Pablo II, lo visitó en el Templo, ese tremendo hombre, vestido con ropajes de cura, me transmitió ese mensaje de fe, que durante muchos años de mi vida, ni mi querida madre, ni mi cercanía con preclaros hombres de iglesia logró transmitirme. Decía una señora una vez en misa, me encanta este curita, mira como todo el mundo lo rodea al término de la misa, son como ovejas con su pastor.
Mi querido curita amigo cumplió 50 años de Sacerdocio, lo hizo conmovido en su Santuario de siempre, con sus colaboradores de antaño, sus feligreses y amigos. La misa estuvo centrada en su prédica, que con su gran elocuencia nos transporto a todos los presentes por esos 50 años de servicio a Dios. El padre Raúl dijo algo que marca mis palabras presentes…sé que no soy una monedita de oro que todos quieren, tampoco un hombre perfecto, por el contrario lleno de imperfecciones como cualquier ser humano, pero con una tremenda fe en mi sacerdocio, que asumí hace medio siglo, con la convicción que era el mejor camino para servir a Dios y a los demás. Sabias palabras, que nos llevaron a reflexionar a todos los presentes sobre la dimensión de este hombre y como su sacerdocio, es más muestra de humanidad que de santidad.
Si la santidad es darse a los demás, preocuparse y ocuparse por los demás, estar siempre cuando alguien te necesite, saber escuchar, pero también saber educar, bueno, debo decir que tengo la fortuna de tener un amigo, que se acerca a lo que todos los cristianos deseamos para nosotros mismos, algo de santidad. Dicen que los ángeles no existen como concepto imaginario, sino son nuestras acciones para con los demás, lo que nos convierten a cada uno de nosotros en ángeles para otro, en mi vida he tenido la fortuna de tener muchos ángeles; mi abuela, la Madre Javiera de Jesús, mi madre, y algunos amigos, espero yo haber sido un ángel para alguien en mi vida.
Nuestra Iglesia Católica tan menoscabada últimamente, por acciones corporativas, pero mayormente por el actuar de algunos miembros de su curia, que escondidos tras los hábitos, han dado muestras de los peores instintos y bajezas contra un prójimo, se ve fortalecida con la figura del padre Raúl Feres, es en curas como ellos, donde se deposita la fe de muchos católicos y no católicos, que ven en la iglesia valores superiores a los de la eucaristía y la teología, me refiero a acciones concretas como la Vicaria de La Solidaridad en su tiempo y el Hogar de Cristo hoy. El Rector actual del Santuario, padre Carlos Cox, manifestó que ojala su ejemplo sacerdotal perdure y se replique en los sacerdotes jóvenes allí presentes y que mi amigo el Padre Raúl, siga siendo, el más sacerdote de los hombres y el más hombre de los sacerdotes.-
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